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Carta del Primer Millonario Americano a un Comerciante
Por: José Manuel Guzmán Godos

  
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El primer millonario Norteamericano fue Benjamín Franklin; a menudo, sus amigos y conocidos le pedían consejo y opinión sobre asuntos de dinero y negocios. Compartimos aquí este escrito, lo que sin duda arrojará beneficios para quien lo lee y lo aplica. He aquí una muestra de los principios que usó para alcanzar sus metas:

Carta a un comerciante:

Tal como deseabas, te escribo dándote algunas sugerencias que a mí me han sido útiles, por lo que creo que puedan serlo también para ti.

Recuerda que el tiempo es oro. Quien gana diez chelines al día con su trabajo y sale de casa o se sienta sin hacer nada la mitad del día aunque no gaste más que seis peniques en su diversión o en su ocio, no debe creer que ése es su único gasto, porque además ha malgastado cinco chelines.

Recuerda que el crédito es dinero. Si un hombre deja en mis manos un dinero después de pasar el plazo en que yo debía devolverlo, me da el interés, es decir, lo que ese dinero produzca durante el tiempo que tarde en pagarlo. Y ese importe se eleva a una considerable suma cuando alguien tiene amplio crédito y sabe hacer uso de ese crédito.

Recuerda que está en la misma naturaleza del dinero ser prolífico. El dinero produce dinero y ese dinero producido produce más dinero y así sucesivamente. Así, cinco chelines se convierten en seis; y los seis en siete, y así sucesivamente hasta que lleguen a ser cien libras. Y cuanto más haya, más producirá cada inversión y cada vez más deprisa. Y de la misma forma que el que mata a una cerda mata a sus posibles crías hasta la milésima generación, así quien mata una corona destruye todo lo que esa corona podría haber producido hasta sumar cientos de libras.

Recuerda que seis libras al año no son más que un plato de gachas al día. Y que por esa pequeña suma (que puede derrocharse a diario o en gastos innecesarios o en tiempo perdido) un hombre con crédito es capaz con sus propios medios de asegurarse la posesión y el disfrute de cien libras. Tal cantidad en manos de una persona industriosa se convierte en una abundante fuente de beneficios.

Recuerda el dicho de que el buen pagador es dueño y señor del bolsillo de los demás. Aquel que muestra que paga puntualmente lo que promete puede en cualquier momento u ocasión conseguir todo el dinero que sus amigos puedan prestar. Esto resulta a veces muy importante; por consiguiente, no guardes el dinero que te hayan prestado ni una hora más del plazo prometido, porque, de otro modo, el incumplimiento se encargará de cerrar para siempre las bolsas de tus amigos.

Las cosas aparentemente más triviales pueden afectar al crédito del hombre y por eso hay que cuidarlas. El que el ruido de tu martillo suene a las cinco de la mañana o a las nueve de la noche en los oídos de un acreedor pueden representarte seis meses más de crédito. Pero si te ve en una mesa de billar o escucha tu voz en la taberna cuando debieras estar trabajando, te pedirá que le devuelvas su dinero al día siguiente. El que lleves trajes más lujosos que tu acreedor o su esposa o incurras en gastos mayores de los que él pueda permitirse, hiere su orgullo, y tu acreedor te apremiará para que le pagues con el fin de humillarte. Los acreedores constituyen una especie dotada de vista más aguda, oído más fino y memoria más lúcida que nadie en el mundo.

Los acreedores de buena naturaleza (aquellos con los que uno debe entenderse si los encuentra), se sienten molestos cuando se ven obligados a pedir que se les devuelva el dinero. Ahórrales esa molestia y te querrán doblemente. Al recibir una cantidad de dinero, divídela proporcionalmente a tus deudas entre los diversos acreedores y no te avergüences de pagarles una pequeña suma aunque la que les debas sea mayor, porque el dinero, poco o mucho, es siempre bien recibido. Tu acreedor preferirá sufrir la molestia de recibir diez libras que le lleves voluntariamente aunque sea en diez veces, una libra cada vez, a tener que visitarte diez veces hasta lograr que le pagues la deuda total. Además con esos pagos pequeños demostrarás tu buena disposición a devolver el dinero que te han prestado y quedarás como una persona honrada y ordenada, lo que, a su vez, incrementará tu crédito.

No pienses que todo lo que posees es tuyo y puedes vivir en consonancia con ello. Es éste un error en el que cae mucha gente que vive del crédito de los demás. Para evitarlo, lleva cuenta exacta durante algún tiempo de tus gastos e ingresos, y si te tomas el trabajo al principio de reseñar las diversas partidas de esa cuenta, tanto mejor, pues te percatarás de cómo gastos insignificantes pueden llegar a formar grandes sumas, y te darás cuenta de lo que podrías haber ahorrado, y de lo que puedes ahorrar en el futuro, sin grandes inconvenientes.

En suma: el camino de la fortuna, si deseas alcanzarla, es tan liso como el camino del mercado. Solamente depende de dos palabras, laboriosidad y sobriedad. No malgastes, pues, ni tu dinero ni tu tiempo; gástalos con sentido, pues aquel que gana lo que puede honradamente y ahorra cuanto gana (salvados los gastos necesarios), ciertamente llegará a ser rico, si el Ser supremo que gobierna al mundo, a quien todos debemos elevar nuestra mirada y pedirle sus bendiciones para nuestros negocios honrados, no usa de su providencia para decidir en otro sentido.


Que les sea de utilidad.

Saludos cordiales.

17/Mayo/2016
 
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